Dos años afuera
Cuando pude volver a caminar, me fui. Iban a ser seis meses y fueron dos años. Catorce de esos treinta y cinco países los recorrí en ese viaje.
En Bali hice un Vipassana: diez días de silencio, sin leer, sin escribir, sin cruzar una mirada con nadie. Diez días a solas con lo que apareciera.
Después me quedé a vivir ocho meses en una isla de Tailandia, y esa isla fue un antes y un después. A través del tantra, las prácticas somáticas, el yoga y la danza entré en otra relación con mi cuerpo, con la intimidad y con mi manera de amar. Y sobre todo con mi manera de vincularme: primero conmigo, después con los demás.
Ahí terminé de entender que el cuerpo no es un complemento del trabajo interno. Muchas veces es por donde empieza.